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martes, julio 24, 2007

La verdad sea dicha




Venezuela, mi país, un pueblo que ha sido víctima de una; ¿Cómo podríamos llamarla?, ¿Casta?, ¿secta?, ¿grupo?, ¿etnia?, ¿clase social?, bueno, no importa, el caso es que quienes detentaron el poder en nuestro país, hicieron un entramado social intrincado y tupido. Una telaraña que comenzó a controlar todos los espacios vitales de la República. Para ser franco, estoy tratando de explicar el misterio de una cuarta república que albergó toda clase de alimañas, que se pusieron de acuerdo para ir pudriendo todas las instituciones del Estado. En esta orgía política, empezaron a participar, primero tímidamente, los más cercanos colaboradores y amigos de quienes ejercían cargos de dirección en el gobierno; luego, entraron en escena con todos los hierros insospechados protagonistas que jamás se imaginaron que fuese tan fácil acceder al poder y disfrutar de sus mieles. Lo único que se necesitaba era, entre otras características, bajar la cabeza ante el poder, lamer las suelas del jefe o, en el mejor de los casos, tener un buen proyecto por descabellado que este fuese, para engatusar al ignorante e incompetente que hacía las veces de ministro, gobernador o alcalde. Esos sorprendentes personajes, no son de ningún modo individualidades, aunque también se dieron casos. Pero la generalidad es que fueron diversos grupos sociales que rodearon y controlaron el poder político y por ende el poder económico. De esta forma a grandísimos rasgos (La cosa tiene mil aristas), se constituyó en Venezuela una sociedad de cómplices cuyas deleznables y execrables prácticas permeó todo el cuerpo social de nuestro pueblo. Es así que se hicieron populares vituperables dichos como aquel que dice; “Los adecos son mejores en el gobierno porque, roban y dejan robar” u otro tan indigno como el anterior; “Es preferible jalar bolas en la sombra que escardilla al sol”. En este sentido, es pertinente mencionar el caso de los extranjeros venidos a estas nuestras tierras, los cuales (no todos, claro) se dedicaron a educar a sus hijos en profesiones que ellos sabían podían ser usadas para acceder a despachos de gobierno e incluso, mandos de tropa en las Fuerzas Armadas. Por ello, nos encontramos jueces con apellidos exóticos que nada tienen que ver con nuestros González, Gutiérrez, Fernández, etc. O bien, altos oficiales de los diferentes componentes armados con iguales características. Personajes, que alcanzaron –y alcanzan- muchas veces las máximas jerarquías con la “ayudita de rigor” y no, por méritos propios. Y es que, estos hijitos de papi y mami, luego pagan con creces los favores recibidos porque, sencillamente, pasan a formar parte del diabólico círculo de la corrupción. La cosa les resultó tan viable, que durante más de 40 años sólo se dedicaron a medrar a la sombra de papá Estado. Por supuesto, intensificando ciertos aspectos de la sociedad que favorecían sus intereses, tales como el desmoronamiento de la educación popular (recuérdese como fue prácticamente eliminada de la formación básica y diversificada la Historia de Venezuela, anuladas las escuelas técnicas, desmejoramiento o desaparición de la formación superior de los educadores, infraestructura escolar destruida y/o pobremente asistida, entre otros), paralelo a esto, los medios de comunicación audiovisuales arreciaron un proceso de aculturación y transculturización mediante la emisión diaria y permanente de programas dirigidos a distorsionar la psicología del sujeto, enlatados que destruyeron nuestros valores. Una sociedad pues, de antivalores y llena hasta la saciedad de vicios y actitudes reñidos con las más elementales normas de decencia y honradez. Un ejemplo dramático de ello lo constituyen nuestras universidades públicas. Estas casas de estudio fueron paulatinamente pobladas por elementos de la burguesía más recalcitrante y disociada de nuestra nación y, segmentos de las clases desposeídas enfermas por este espejismo creado por los medios de comunicación. Una clase social con los pies en Venezuela pero, su mente en Miami. Un grupo humano que se identifica con lo nuestro no por que lo siente, sino porque es una manifestación folclórica del país, algo así como una pieza de museo para admirar y en el mejor de los casos, para estudiarla como parte de la sociología del venezolano. Claro, desde la perspectiva Weveriana, Althusseriana o mediante un proceso de contra posición filosófica entre Marx, Mao, Lenin y Trotsky. Unos “chamos y chamas” pues que viven, prácticamente desde que nacieron, las playas Belmont o el mundo Marlboro.

Ahora bien, lo anteriormente planteado es ¿tiempo pasado? Lamentablemente no. El Estado venezolano y un enorme segmento de nuestra sociedad están peligrosa y gravemente enfermos. Somos, y así hay que reconocerlo, una población con enormes vicios, proclives a tolerar cualquier acto de corrupción, incluso, a propiciarlos. Y aquí, suena otra perversa conseja; “Toda persona tiene su precio”. Caled/2007.

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REVERÓN

REVERÓN
Reverón se hizo famoso por sus muñecas de trapo. Las confeccionaba para tomarlas como modelos (Caled 2007)