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domingo, julio 01, 2007

DOS HORAS EN LA PARADA DE GATO NEGRO

Alexis Castillo (Caled)
Febrero 2007
alexsicast@gmail.com


Eran las 2 y tanto de la tarde en un día cualquiera del mes de Febrero, había convenido con un familiar muy cercano encontrarme en las adyacencias de la Estación Gato Negro del Metro de Caracas. Este lugar, ubicado en la avenida Sucre, es sitio de encuentro de mucha gente (claro es una salida del subterráneo). Pero además, allí se ubican los transportes que se dirigen al novísimo estado Vargas, ergo, La Guaira, Catia La Mar, Naiguatá, etc. También es territorio buhoneril, en ese espacio tan relativamente pequeño, se puede conseguir casi de todo. Desde revistas pornográficas, de actualidad, periódicos, chucherías, refrescos y, hasta una ¿suculenta? Hamburguesa o Perro Caliente adornado con las gratificantes hojitas verdes. Vale decir, lechuguita y todo. Como es mi costumbre, me arrinconé en un sitio que me “medio asegurara la seguridad”. Esta zona es famosa por los arrebatones, sustracciones y demás perlas del quehacer choril de los “excluídos” de los barrios aledaños.

Estando en el lugar, examiné con “ojo clínico” toda el área y me parapete recostado a la cerca del instituto educativo Miguel Antonio Caro que funciona en la vieja casona situada al frente del lugar. Allí acomodé a mi espalda, estrujándolos entre mi cuerpo y la reja de hierro, los maletines que cargaba cual fardos pesados y me dispuse a leer El Mundo que recién había adquirido. Imbuido en mí lectura no pude dejar de percibir un movimiento raro de mucha gente. Antes, había levantado la vista para chequear si mi familiar pudiera salir por la puerta de la estación del metro (se suponía que aparecería por allí) por la salida que da al liceo en cuestión. Mas, quien llamó mi atención fue un joven bien vestido, alto él, que me produjo curiosidad pues lucía una chaqueta negra de cuero. Por mi experiencia como empleado de seguridad en la Fiscalía General debía ser un policía pero, “no tenía pinta de tal”, décimas de segundos después seguí con mi lectura de prensa. Fue, momentos más tarde que caí en cuenta, que el movimiento irregular de personas (unos 12 en total) que había detectado, eran unos muchachos y chicas que miraban a todos lados y se miraban entre sí, murmuraban hasta que una de las jovencitas –ya cerca de mi- le dijo a su acompañante con voz altisonante, ¡¿pero lo vas a explotar, no?!, el chico de unos 15 años (como casi toda la banda) la miró sin responderle. En ese momento se acercó otro de los zagaletones y expresó medio defraudado y arrecho “no, ese coño´e madre se fue pà Los Teques, vamos pà llá” y salieron raudos hacia la avenida Sucre. De todo esto deduzco, que estos rapaces buscaban al muchacho de chaqueta negra para asesinarlo, pues, éste al salir de la estación subterránea caminó veloz y se perdió rápidamente entre la abigarrada muchedumbre que se desplaza por el lugar sin ton ni son.

Debido a este incidente, me apertreché más, mi maniática costumbre de observar a la gente sin que ellos me miren a mi se agudizó y, me dispuse a prestarle atención a todo cuanto ocurriera a mi alrededor. De esta forma me di cuenta que uno de los loquitos motorizados que hacen viajes expresos, mototaxis pues, se hallaba enfrascado en repararle no sé que cosa a su máquina. Igualmente, a unos cuantos metros de donde me encontraba, estaban un trío de muchachos atendiendo un flamante puesto de hamburguesas y un poco más a la derecha de estos, un viejo vendiendo revistas que creo, eran publicaciones técnicas de computación. A todas estas, miré mi reloj y ya iban a dar las tres de la tarde, pensé “caramba, sólo he estado en este lugar unos cuantos minutos y parecieran días”. Me entretuve mirando lo que cada uno de estos personajes hacía; el motorizado torcía y aflojaba tuercas, el “perrocalentero” picaba con un filoso cuchillo cebolla, lechuga y repollo, ingredientes indispensables del condumio callejero, el viejo sentado en una vetusta y raída silla de extensión detrás de la mercancía que ofrecía leía el mismo diario que yo tenía. En ese momento, al verlo, pensé “ese señor lee, yo también, ¿qué leerá, percibirá lo mismo que yo en la lectura?, obviamente no”. En fin, en medio de la dinámica propia de cada cual hubo un momento en que el que fungía de propietario del puesto de comida rápida, le dio instrucciones a su novel acompañante para que comprara una gavera de maltas y una bolsa de hielo, este salió diligente a cumplir el mandato, al llegar, abrió la caja refrigerante con forma de pote de refresco y se dispuso a introducir las botellitas de malta, alternando con porciones de hielo de la bolsa que había traído y que, la había golpeado contra el suelo mugriento de la acera. De pronto, el motorizado se acercó al vendedor de hamburguesas conminándolo a que le prestara un cuchillo, sin más ni más tomó el que tenía cortando los ingredientes pero, al hacerlo rápido para evitar una negativa, este se le cayó en el bendito suelo mugriento, lo volvió a tomar y cortó un pedazo de manguera grasienta de la moto que reparaba. El “cocinero” le espetó “¡chamo, ¿viste? Pecaste!” Y, resignado tomó el cuchillo le pasó un pedacito de papel por la hojilla y siguió con su culinaria labor, entretanto, el muchacho que había alimentado la nevera con las maltas, despachaba el producto de manera inmediata a los clientes tomando, con sus sospechosas manos, los consabidos pitillos los cuales muy amablemente, él mismo introducía en las botellas. Este mismo personaje, se dispuso a cambiarle los manubrios de goma a otro artefacto motorizado que se encontraba estacionado cerca del puesto. Luchó para sacarlos con sus nuevamente sospechosas manos pero, al ver que era imposible, tomó otro cuchillo (esta vez el utilizado para cortar los panes por mitad) y como un loco desaforado, le entró a cuchilladas a los pasamanos de la moto hasta esguazarlos, para luego colocarles unos nuevecitos.

A todas estas, el viejo revistero se paró de su silla y le solicitó al de las hamburguesas que le preparara una “¡con bastante salsa y pollo asao!” ordenó. ¡Carajo qué difícil es dejar de ser fisgón!, no me contuve y observé todo el proceso. El vendedor de fritangas empanizadas se esmeró cual cirujano plástico y le entregó con ceremonial estilo el “suculento plato”. El anciano engulló su atiborrada delicia, se chupo los dedos y –por supuesto- se dispuso a “lavarse”. Tomó una maltrecha botella plástica llena de agua que sacó de una ¿alforja? ¡No! un bolso del mismo material plástico, se acercó al muro de la escuela, metió su cara entre la verja de hierro y el concreto y, con una mano sosteniendo el envase y la otra estregándose la cara con el vital líquido, sacó de la boca su prótesis (conocida en los bajos fondos como “plancha”) la estrujó con proverbial delicadeza con las yemas de sus dedos, tomó sorbos de agua para hacer las consabidas gárgaras escupiendo los chorritos hacia la verde grama del colegio, se sacudió la nariz y se secó con un pañito que extrajo de uno de sus bolsillos traseros del pantalón, para terminar el ritual con la camisa.

Con la quijada en el suelo y un extraño escalofrío recorriéndome el cuerpo, miré nuevamente la pantallita del reloj, me di cuenta que eran casi las cinco de la tarde. Mi teléfono móvil repicó y era el familiar que había estado esperando, anunciándome que llegaba por la otra salida del metro, la que está diametralmente opuesta adonde yo estaba; naturalmente me movilicé hacia el lugar indicado pensando; ¿Todo lo que había visto y vivido para que ésta condenada llegara por donde no la esperaba? Mi hija es una vaina seria tuve que estar dos horas en la parada de Gato Negro.

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Reverón se hizo famoso por sus muñecas de trapo. Las confeccionaba para tomarlas como modelos (Caled 2007)